7 y ½

7 y ½

Le das un último beso a tu madre antes de ponerte la chaqueta. Te aprieta en un abrazo que se prolonga más de lo necesario. No te quejas, entiendes su emoción. Hace meses, tal vez años, que espera recibir una noticia como la que acabas de darle.

¡Qué contento estaría tu abuelo! ― vuelve a repetir, más para ella misma que esperando una respuesta.

Te devuelve la diminuta cajita, esa guarida de tu tesoro particular, el  que has logrado conquistar con sudor y lágrimas, literalmente. Lo guardas en el bolsillo interior de la chaqueta mientras tu madre te desea buena suerte. Sales a la calle y te alejas de esa casa a la que sigues llamando hogar, aunque hace años que no vives allí.

El taxi te cobra 17 euros por llevarte al edificio que hasta hace un año y medio era el más alto de la ciudad. Miras el reloj que te regaló Marta por vuestro último aniversario y que solo llevas cuando quedas con ella. Son las 22.13. Seguro que ya te estará esperando y te sientes mal por llegar siempre tarde a las veladas memorables. Has reservado mesa en un restaurante de fusión que abrió un chef alemán con estrella Michelin hace dos años en el ático de este edificio. Se te quita el apetito solo con pensar que la cena de hoy te costará la mitad del sueldo, pero tal como te ha recordado tu madre hace poco, la ocasión lo merece. Pulsas el botón del ascensor y las puertas se abren al instante. Justo unos centímetros antes de que se cierren, una voz suave te pide que las aguantes. Entra una chica morena dándote las gracias con una luminosa sonrisa. Una leve sacudida te indica que el ascensor ha empezado a subir y un golpe súbito te señala que se ha quedado atascado. La pantallita del cuadro de mandos confirma que estáis entre los pisos 7 y 8. Miras a la chica y rompes el hielo con una frase tan absurda como evidente:

― Parece que nos hemos quedado atrapados―.

Ella responde que sí, más por educación que por simpatía y justo después, siendo mucho más resolutiva que tú, pulsa el botón del interfono y comunica vuestra situación con tono calmado. La observas medio hechizado por su porte seguro, sus gestos decididos, el pelo recogido con calculada naturalidad y esa presencia que alumbra cada rincón de la diminuta estancia. Te quitas la chaqueta y no se te ocurre nada más ocurrente que comentar que hace calor. Ella te traspasa con esos ojos negros y te acoge en la sonrisa más sincera que te han dirigido jamás. Os sentáis a esperar en el suelo. El tiempo se convierte en algo casi tangible. Ves transcurrir los minutos. Cada segundo resbala lentamente por tu cuerpo. Tus nervios no deben pasarle desapercibidos porque empieza a hacerte preguntas. Poco a poco los segundos se apresuran y de pronto le estás resumiendo tus días: el doctorado, lo demasiado a menudo que decides alargar las horas en el laboratorio, la paciencia de Marta, que nunca hace reproches, la tierna Marta que lleva ya demasiado esperándote. Ella te cuenta que estudió psicología aunque nunca ha trabajado en ello, que ahora es voluntaria en una ONG en el sur de la India y que está en la ciudad de casualidad. Tú le explicas que esta noche le pedirás a Marta que se case contigo y ella te habla de ciudades del mundo cuyos nombres no conocías. Escupes tus dudas, tu resentimiento, tu sensación de haber regalado la juventud a las convenciones. Ella te relata proyectos para salvar vidas en entornos exóticos. Te avergüenzas reconociendo en voz alta que tu vida es absolutamente banal. Ella lee tus anhelos más secretos y te propone que la acompañes a la India, solo dos semanas, para ver si es lo que buscas, apunta con esa voz de terciopelo. Y tú, que la seguirías al fin del mundo, ardes en deseos de decirle que sí, aunque tu parte más sensata sabe que lo que te atrae es el misticismo que la envuelve, su libertad, sus ganas de saltar al vacío sin red y tus ansias de aventurarte a lo desconocido por una vez en la vida. Lo que te cautiva es que ella representa el polo opuesto de aquello en lo que os habéis convertido Marta y tú.

No sabes cuánto ha pasado porque ella ha logrado hacer  del tiempo algo tan etéreo que ni siquiera puede ser percibido. Unos operarios abren la puerta del ascensor. Recoges la chaqueta y dejas que te ayuden a subir hasta el piso 8.

“Me quedo en este piso”,  dice ella a modo de despedida y en el primer acto visceral de toda tu existencia, le pides su número de teléfono y prometes llamarla mañana para que te explique lo de la India. La ves alejarse a pasos firmes y te resignas a subir 28 pisos andando.

Desde la puerta del restaurante descifras la silueta de Marta, sentada de espaldas en una silla junto a la ventana. En un acto reflejo palpas el bolsillo de la chaqueta: el anillo ya no está allí. Miras el trozo de papel con su teléfono. No necesitas llamar para saber que no será ella quien responda al otro lado de la línea.

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