Allí

Allí

Solías soñar con los ojos abiertos. Fantaseabas con una realidad disuelta en ficción, con un universo que moldeabas a tu gusto cada noche y sé que, en secreto para no herirme, anhelabas que un día al despertar ese mundo onírico fuera real. A menudo me explicabas que te hubiera gustado poder enseñarme todo aquello que solo existía en tus noches. Pero cada mañana a las 7.15 sonaba la misma canción en el despertador y aunque cada mañana te preguntabas cómo podías haber amado aquellos acordes alguna vez, jamás cambiabas la melodía. La rutina llamaba implacablemente a la puerta después del primer café y tras el segundo (más o menos sobre las 8.20) tu mirada se desempañaba y yo me sabía de nuevo la constante de tus días.

Cuando tu vida empezó a cambiar para siempre no se secó ningún mar, no murieron las cosechas ni se apagaron las estrellas. Ni siquiera llovía. Pocas horas antes de aquella tarde gris, salimos a pasear. Recuerdo que te quejaste de que siempre hacíamos lo mismo y yo te recordé que no todos los cambios son buenos. No reprochaste mi reticencia a despegar los pies del suelo y con la complicidad discreta de quien ha aprendido a sentirse cómodo en los silencios prolongados, seguimos caminando sin soltarnos la mano y sin ser conscientes de que mis palabras habían nacido encarnando un mal presagio.

Unas horas más tarde salíamos de aquella sala y desde el preciso instante en que, también en silencio, pisamos de nuevo la calle, tuve más miedo que tú. Y me sentí un poco farsante, como si te estuviera robando un dolor que solo te pertenecía a ti. Desde entonces he evocado muchas veces ese momento, te recuerdo sentada a mi lado, escuchando atentamente la demoledora verdad. (El doctor) nos preguntó si teníamos alguna duda. Nuestra incapacidad para verbalizar una sola palabra parece irónica ahora, después de tanto tiempo, después de tantas preguntas sin respuesta.

Pasaban los meses y tú seguías siendo tú. Y yo, inconsciente de lo que vendría, me aferraba a la ilusión de que nada estaba cambiando. Poco a poco las paredes y muebles de nuestro hogar se llenaron de papeles que nos recordaban que el comedor estaba pintado de color amarillo, que en el recibidor había un espejo y que era una ventana la que cada mañana nos llenaba la habitación de sol. La verdad me sacudió de golpe el día en que me preguntaste cómo se llamaba la canción que siempre te despertaba a las 7.15 de la mañana.

Un 25 de abril no recordaste que Laura cumplía 16 años, y como siempre fuiste mi calendario, tampoco yo la llamé. El primer sábado de aquel noviembre te pusiste a planchar tus pantalones negros, obviando que solías empezar por las camisas blancas. Ayer guardabas la plancha en la nevera. Era viernes la primera vez que olvidaste poner azúcar al café. Hoy ni siquiera te acuerdas de comer. Sin hacer ruido, ibas perdiendo la noción del tiempo, convertías los minutos en horas y en un segundo, el pasado dejó de existir.

El día que me confundiste por primera vez, empecé a mirarte con miedo, temía el instante en que tus ojos se volvieran por fin de papel. Y me enfadé. Porque has llegado a ese punto en el que se suponía que debían pesar más los recuerdos que los proyectos y no es justo que te quedes sin memoria. Además, yo no sé si soy capaz de guardar solo todas nuestras historias.

Hoy, finalmente, me has mirado como lo hiciste el primer día, hace ya tantos años, antes de cometer errores, antes de compartir colchón, antes de descubrir ciudades, antes incluso de intuir que podíamos serlo todo. Fue más fácil que te olvidaras de mi nombre que darme cuenta de que tus ojos no me reconocen, ni siquiera después de dos cafés. Sabes (o sabías) que siempre he odiado las despedidas  y aunque llevo años diciéndote adiós no he aprendido a aceptar que cada día te alejas un poquito. Y ahora ya no logro encontrarte. Tengo la esperanza de que sigues siendo tú cuando sueñas. Nunca te costó mucho dejarte llevar por la abstracción. Siempre quisiste vivir en ese mundo a tu medida. Espero que ahora estés allí.

Siempre tuyo…

Tornar a dalt