Cierras la puerta de golpe porque no quieres perder el tiempo. Tienes prisa, necesitas aire para olvidar que las paredes te oprimen y consideras absurdo malgastar los 5 segundos que tardarías en encontrar la llave en el bolso. Cuando pones el primer pie en la calle, la claridad te deslumbra pero no te molesta, siempre te ha gustado la eléctrica sensación del sol acariciándote la piel. Te quedas quieta un rato delante de la puerta, pensando solo en tu respiración, concentrándote en tus pulmones y poco a poco, prestando atención a los ruidos de la calle. Empiezas a moverte sin haber decidido todavía a dónde irás, pero tus pies ya lo saben. Hace años que no deambulas, tu subconsciente siempre tiene claro el destino y tú lo sigues sin hacerte demasiadas preguntas, porque hace ya tiempo que aprendiste que es mejor no saber qué te espera.
Con las manos todavía temblorosas empujas la pesada puerta de cristal, ese umbral entre tus dos mundos. Y por fin te rencuentras con el oasis, el único lugar donde te sientes segura, donde nadie te buscará porque ¿quién esperaría encontrar a alguien como tú en un sitio así? Recorres con la mirada las estanterías llenas de libros, inspiras el silencio que siempre impregna el lugar a estas horas de la mañana y sin detenerte demasiado en apreciar los recovecos de un espacio que reconoces como hogar, subes las escaleras. Sonríes al comprobar que hoy has tenido suerte y que solo compartirás oxígeno con la tímida bibliotecaria, con el señor mayor que siempre duerme en la tercera silla de la sección de filosofía y con un joven que se esconde con pose nerviosa detrás de la pantalla de un ordenador con limitada conexión a internet. A estas horas nunca hay niños y, por suerte, tampoco es época de exámenes en la universidad, así que tu refugio está en temporada baja.
Coges un libro al azar. Ni siquiera miras el título ni el autor. Las palabras que se esconden en este lugar te han salvado en más de una ocasión, han sido tu ancla, te han recordado quién eres y quién fuiste, te han hecho fuerte. Te cuesta pasar las páginas, es difícil concentrarte en lo que estas leyendo y aunque te esfuerzas por evitarlo, no puedes dejar de pensar en tus noches en vela, en el miedo a los ruidos, en los escalofríos que te provoca una llave penetrando la cerradura de madrugada. Piensas en el miedo, siempre el miedo. A que haya tenido un mal día, a que no te encuentre arreglada, a que te encuentre demasiado arreglada, a que no sepas responder a sus preguntas, al dolor. Tal vez por eso disfrutas tanto de los breves instantes en los que vuelve a mirarte como el día que os conocisteis hace ya más de 15 años, hace muchas promesas rotas. Sabes que te quiere y aunque solías pensar que el amor puede con todo, cada día tienes más dudas. Porque su amor te hiere, sus palabras duelen aún más que sus golpes en la espalda, que los empujones y las patadas.
Pasas la página. Tus ojos han llegado al final del capítulo, pero no has entendido nada. Solo procesas palabras efímeras que pierden el sentido justo después de encontrarlo. Oyes pasos. Alguien está subiendo las escaleras a ritmo pesado. Una mujer, de unos 70 años camina cogida a un bolso de color crema. Viste un pantalón negro y una camisa estampada y recorre la estancia con paso elegante. Fija su mirada en el señor que duerme en la sección de filosofía y se sienta a la silla de al lado con cuidado. Le da la mano.
- Cariño despierta, es hora de comer.
Él abre los ojos enseguida y la mira como si la estuviera reencontrando después de años de distancia. Ella sonríe. Él levanta los hombros.
- Me acabo de dormir- Susurra.
- Ya lo sé, mi amor. Vamos a casa.
Se van sin soltarse de la mano y tú te mueres de envidia. ESO es lo que tú buscabas. Solo quieres que te quieran así. Te has hartado de la pasión, del amor al límite, de la intensidad. Quieres ternura, quieres que te miren con la complicidad de quien conoce tus oscuros secretos y te ama más por ellos. No quieres dudas, ni llantos, ni golpes. Ni siquiera quieres palabras. Anhelas un gesto, una mirada, tal vez una caricia. Quieres más. Te golpea la cruel ironía de que fue precisamente aquel amor que te empujó a dejarlo todo hace años y que te hizo tocar el cielo tantas veces, el mismo que hoy te obliga a vivir con miedo, a buscar escapadas cada mañana, a refugiarte en palabras y en silencios.
La pareja empieza a bajar las escaleras y cuando solo han superado tres peldaños el joven del ordenador se levanta de súbito y se dirige hacia ellos a velocidad histérica. Está muy sudado y le tiembla la voz cuando mirándote, te dice a gritos:
- ¡No les dejes marchar! Ya sabes qué está pasando.
Te sobresalta su estado de alarma, pero con la cautela que te caracteriza le preguntas con suavidad a qué se refiere. Él te mira de manera despectiva e ignorándote, se dirige a la pareja:
- ¡Volved aquí! ¡Si salís os matarán!
Los ancianos lo miran sin dar crédito, pero continúan avanzando, intentando alejarse del joven que cada vez parece más nervioso. El muchacho coge con fuerza el brazo derecho de la mujer y ella pierde el equilibrio, pero consigue evitar la caída gracias a la mano de su marido, que todavía la sostiene. Tú decides actuar al tiempo que los gritos del joven captan la atención de la bibliotecaria que sube rápidamente y saca el móvil de su bolsillo. Te acercas a la pareja y el muchacho te mira con rabia. Antes de que puedas darte cuenta de qué está sucediendo, te empuja con fuerza y grita:
- ¡Eres una de ellos. Nos estáis controlando, déjanos en paz!
Con el paso del tiempo recordarás que pensaste que el joven estaba loco, pero ahora mismo no tienes tiempo de reflexionar. Oyes palabras como “crisis”, “rápido” y “enfermo”, pronunciadas por la bibliotecaria, supones que a un teléfono de emergencias. Él te tira al suelo de otro empujón e instintivamente te tapas la cara. Has caído tantas veces que la única sorpresa es que las manos que te empujan y que ahora ya han empezado a golpearte con fuerza sean desconocidas. Te duelen los golpes. Tienes miedo. Estás harta de tener miedo. Estás harta de sus insultos. Eres fuerte, te lo repites seis veces cada mañana al levantarte. “No tienes por qué aguantar esto”, te dice tu hermana cada vez que rompes a llorar cuando te llama. “Ayuda por favor”, dice una voz a pocos metros. No quieres llorar, no quieres darle esta satisfacción. Las piernas que te dan patadas parecen menos ajenas tras cada golpe. No sabes si es una decisión pero dices basta. Te levantas como puedes y devuelves el golpe. Te miran unos ojos sorprendidos y crees leer miedo en ellos. Sonríes y te descubres tranquila de saber que no eres tú quien tiembla ahora. Empiezas a dar empujones. Él cae rodando por las escaleras. No sabes cómo pero vuelves a estar al lado de su cuerpo. Le das patadas. En la espalda y sobretodo en la cabeza. Alguien grita. No entiendes las palabras. No volverá a hacerte daño nunca más, te aseguras de ello. Sigues golpeando incluso mucho después de que deje de moverse. Te sientas en la escalera. Sonríes. Por fin estás segura.
Oyes una sirena. Esperas con calma. Entra la policía y sabes que vienen a buscarte. No dices nada. Eres fuerte.
