Desde el taxi observa cómo se dibuja la silueta del estadio. Como tantas veces, llegará mucho antes de que se abran las puertas para las miles de personas que llevan horas esperando. No les importa, se saben afortunadas de poder ser parte del mito, de vivir una jornada histórica. Para él ya nada es tan legendario como solía serlo, pero conoce las reglas del juego y al menos esta noche volverá a dejarse llevar por la euforia del público, aunque no sea a él a quien esperen. Seguirá jugando, una última vez. Llega pronto, pero sabe que es muy probable que sus compañeros ya le estén esperando. Entra en el vestidor y aunque todavía no hay nadie dentro, siente en la piel la presión de la decisión tomada hace ya semanas. Hoy acaba una era. Necesita cambiar, necesita evolucionar. Se sienta en uno de los bancos del vestidor. Mira a su alrededor y se da cuenta de que no hay nada, solo vacío. Él también está vacío. No sabe en qué puede convertirse si deja atrás todo lo que ha sido, pero necesita alejarse. De los focos, de las noches sin dormir, de las actuaciones de madrugada, del alcohol, de las drogas y de aquellos que han sido su familia. El de esta noche será su último concierto.
Sus compañeros entran por la puerta.
― Cada vez se lo curran menos. Ni siquiera nos han dejado nada de beber ― dice el batería.
Él imagina el vestidor contiguo. Habrán sustituido los bancos por sofás. Tendrán comida y bebida preparada y alguien dispuesto a dar respuesta a las más excéntricas peticiones. Tocarán a la medianoche con el estadio lleno de gente gritando sus nombres. Él había vivido aquello. Ahora solo queda un vestidor que huele a lejía barata y a sudor. Ahora actúan siempre los últimos, cuando entre el público solo quedan borrachos que visten camisetas estampadas con las caras del grupo que les precede, siempre manchadas de cerveza.
El bajo comenta que ya no tienen edad para tocar a estas horas. No sé si tenemos edad, pero yo ya no tengo fuerzas, piensa él. Por fin ha entendido que es débil, que solo apartándose de todo podrá abandonar la corriente que lo arrastra desde hace años. El bajo saca una bolsita llena de pastillas de colores.
― Chicos, hay algo que quiero deciros ― comenta él.
El bajo le da dos pastillas. Ha decidido abandonar los excesos, pero sabe que no aguantará el último concierto de su vida sin ellas. Todo acaba, pero queda una última noche. Saca el ron de la mochila, se traga las pastillas y pasa la botella a sus compañeros.
Es el momento, no puede demorarlo para siempre. Busca las palabras adecuadas aunque sabe que no existen.
― Lo dejo ― se limita a sentenciar.
Es consicente de que sus palabras solo importan a las 3 personas con las que comparte vestidor. Que nadie de la multitud que ya empieza a entrar en el estadio pensará en ello más de dos segundos. Mira las caras de sus compañeros y solo lee indiferencia. Se da cuenta de que a todos les da igual.
― Hace diez años actuamos en este mismo escenario y entonces todo era diferente, ahora… ―empieza a explicar él.
― Da igual tío. Haz lo que quieras― le corta el batería mientras prepara unas rayas de cocaína.
Ya está. Se da cuenta de que hace muchísimo tiempo que todo acabó. Esnifa la coca y se asoma al exterior. El campo ya está lleno de gente que espera la actuación del grupo estrella. La intensidad, las ganas y los gritos se sienten en el ambiente, incluso desde la distancia. Ese mismo público que en unos minutos vitoreará a los jóvenes que están a punto de salir al escenario se transformará en pocas horas. Cuando sean ellos los iluminados por los focos, se habrá esfumado la energía para dejar paso a la decadencia. El ambiente estará cargado y la asfixia y la opresión llenarán el aire. Cuando las estrellas del momento acaben, se llevarán las luces de neón y la decoración vanguardista y con ellos desaparecerá también la ilusión y la frescura. La magia se desvanecerá tan rápido como llegó. Él saldrá con sus compañeros, como tantas otras veces, y leerá la desilusión en las caras de la gente, palpará su decepción cuando vean en qué se ha convertido el grupo que antaño fue leyenda.
Se siente mareado. El sudor frío empaña su cuerpo incluso antes de salir al escenario. Cada vez aguanta peor las noches en vela. Vuelve a entrar en el vestidor y se sienta en un banco alejado de sus compañeros. Las arcadas son cada vez más intensas y se vomita encima. El batería lo ve. Ríe.
― Tio, estás fatal. Suerte que te vas, ya no aguantas nada.
Percibe sus palabras, pero el esfuerzo que debe hacer para procesarlas le agota. Empieza a temblar. Intenta levantarse y cae al suelo. Su visión se vuelve borrosa, vislumbra figuras turbias a su alrededor pero no logra enfocarlas. Intuye que la vida se le está escapando en cada bocanada de aire que arroja. Cierra los ojos. Deja de oler. Deja de sentir la fría presencia del suelo bajo su cuerpo. Solo escucha del estadio viniéndose abajo, el público vitoreando y entrando en éxtasis cuando el grupo revelación pisa el escenario. Lo último que oye es un estruendoroso aplauso, el sonido del espectáculo continuando. Espera que su hermana le lleve flores de vez en cuando.
