La coleccionista de barcos

La coleccionista de barcos

Nadie recuerda si primero llegó ella o el barco. Fue una época convulsa y, en realidad, poco importa ahora, después de tantos años. Siempre le han contado que llovía a cántaros la tarde en que la encontraron, envuelta en una fina manta y berreando en la puerta del jardín. A ella le gusta imaginar que sus llantos iban al compás de la tormenta. Poco antes (o poco después), apareció el pequeño catamarán dorado en el mismo jardín, justo al lado de la verja. No sabe si su pasión por el mar empezó el día en que llegó el barco o si ella acabó precisamente en el número 16 de la calle del Mar porque el juguete ya estaba allí, esperándola, llamándola en un idioma que solo ella comprendía. Lo cierto es que a partir de ese momento, el barco fue lo único a lo que pudo aferrarse, su primer y más leal compañero de aventuras. A su lado, venció a monstruos marinos, se convirtió en pirata, en marinera, en pescadora de ballenas, en cazadora de tesoros e incluso en sirena. Pasados unos años, empezó a intuir que era precisamente aquel catamarán el que preludiaba las desgracias. Para entonces, ya era demasiado tarde, ya era parte de ella y ya sabía que jamás podría abandonarlo.

Desenterró el segundo barco de la arena de la playa un sábado de primavera mientras paseaba con su abuelo. Cuando ahora mira el buque de guerra con las velas rasgadas y la pintura de los cañones gastada, le asaltan sentimientos encontrados. Evoca perfectamente la ilusión que vivió tras el hallazgo, pero no tardan en aparecer la tristeza y la angustia con la misma intensidad de aquel 4 de marzo. Siente en cada poro la estremecedora soledad que llegó de súbito y de la que ya jamás logró desprenderse. El accidente que se llevaría a su madre para siempre ocurrió pocas horas después de haber guardado con cuidado el nuevo tesoro al lado de su catamarán dorado.

Pasados unos meses, encontró en el parque una carabela que alguien había olvidado cerca del tobogán. La recogió con cuidado y casi no se sorprendió al llegar a casa y enterarse de que su padre se había quedado sin trabajo. Empezaron tiempos complicados, la casa se volvió más oscura y cada vez le costaba más hablar con aquel hombre que ya nunca sonreía.

Cuando volvía a casa el primer día de instituto recogió en el banco de la plaza la maqueta del galeón. La mañana siguiente enterraban a su perro en el jardín, después de que un coche conducido por un borracho lo atropellara. Su mejor amiga se fue a vivir a 8.000 kilómetros el día del quinto barco y tres semanas después, encontró el sexto y tuvo que abandonar el ballet para siempre al romperse la pierna.

Su preciada colección crecía de manera incesante y a cada barco lo sucedía un infortunio. Pronto aprendió a vivir sin prisas. Durante muchos años, se esforzó por dilatar los momentos de felicidad que quedaban entre los barcos, aunque cada vez era más complicado levantarse tras las caídas. La colección creció a ritmo frenético durante su adolescencia y por cada barco había una decepción, una traición o un fracaso. Se acostumbró a no observar muy a menudo sus ejemplares y cada vez que pasaba por delante de la estantería de su habitación evitaba fijar la mirada en las repisas superiores. Sin embargo, dos veces al mes los limpiaba con un esmero que a ojos ajenos parecía excesivo. Lo primero que empaquetó cuando se fue a estudiar a la ciudad fueron las 39 embarcaciones, que se convirtieron en 40 cuando encontró una galera en el asiento del metro pocas horas antes de recibir la llamada que le comunicaría la temida muerte de su abuelo.

La maldición de los barcos pesaba cada vez más. Vivía con miedo, evitaba ir a lugares desconocidos para no encontrar nuevas piezas para su colección, pero los barcos aparecían sin clemencia. Ningún rincón era seguro y cada encuentro la sumía un poco más en la soledad que la acompañaba desde niña. Nadie entendía su obsesión, la angustia era estremecedora y las personas a las que alguna vez había querido se cansaron de estar cerca de alguien que vivía permanentemente con miedo. Y poco a poco empezó a existir encerrada, sin mirar más allá del suelo que pisaba en cada zancada.

Pero un día la colección empezó a coger polvo. Quedó parada en 44 ejemplares durante mucho tiempo, tanto que llegaría el día en que sería capaz de irse a dormir sin haber pensado un solo segundo en sus fantasmas. Se enamoró, se esforzó por recuperar el contacto con su padre, acabó la carrera y encontró un trabajo que le gustaba. Alquiló un piso con Andrés y las semanas empezaron a pasar a una velocidad frenética.

La amargura volvió de súbito, acompañada de la conocida soledad. Andrés se fue, sin explicaciones y sin decir adiós. En los días que seguirían aquella tarde de noviembre, buscó desesperadamente el barco que explicara el abandono, pero no lo encontró. Se sumió en un estado de enfermiza desesperación que le impidió levantarse de la cama durante semanas. Cuarenta días después, el médico le explicó que no le dolía el desamor, sino el embarazo. Era incapaz de tomar una decisión. Pasaban los meses, una vida se formaba en sus entrañas y ella no sentía nada.

Esta mañana, dos días después de dar a luz a un niño de ojos grises y manos diminutas, ha encontrado el último barco, un catamarán dorado. Después de meses de vacilación, al verlo ha sabido exactamente qué es lo que debía hacer. Ha recogido con cuidado la embarcación y la ha limpiado con el mismo esmero que dedicaba de pequeña a cada pieza de su colección.

Esta noche conducirá durante horas, buscará una casa con jardín y dejará al pequeño en el portal. Crecerá sin recordarla, sin conocer la maldición que marcó a su madre, sin entender qué significa querer a alguien condenado. No le dará ningún beso antes de alejarse, pero en el último momento, dejará a su lado el pequeño catamarán. No quiere obligarle a crecer sin nada a lo que aferrarse.

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