Llega a Sants con media hora de antelación, como siempre. En el bar de la estación, compra un café para llevar que huele a quemado y se sienta a esperar en el banco de la vía 3. Mira el reloj de la plataforma: 15.38. Todavía faltan 24 minutos para ver llegar el destartalado tren regional que la llevará a casa para pasar las vacaciones de Navidad. Hace semanas que no ve a su familia ni a sus amigos, a los de siempre, los que seguro que la esperarán en la misma mesa del bar de la plaza. Se sumerge en la mochila y encuentra por fin los auriculares. Busca en el móvil una banda sonora que acompañe su espera. Empieza a sonar “The end” pero la descarta por demasiado triste. Pulsa el botón, suena “Kozmic Blues”, demasiado trascendental. Pasa a “Un buen día”, demasiado banal. Las notas de “Famous Blue Raincoat” son un acierto siempre, aunque también estén teñidas de melancolía. La música se para justo al sonido de “What can I possibly say”. Se ha quedado sin batería “perfecto, un viaje de 3 horas sin música ni teléfono”, piensa. Lleva un libro en su abarrotada mochila, pero se siente demasiado cansada para leer. Al guardar los auriculares recuerda el café. Está frío pero se lo bebe de golpe. Llega el tren con solo 6 minutos de retraso. Carga la maleta con esfuerzo y escoge un asiento junto a la ventana.
Empiezan a sucederse las estaciones y con ellas transcurren las horas. Cuando escucha el sonido de “próxima parada: Calaf”, se alegra al ser consciente de que en poco menos de una hora estará en casa. El espectáculo detrás de la ventana ha ido cambiando con los kilómetros: una fría capa de nieve cubre ahora el paisaje. El viaje continúa y pronto vislumbra las luces que indican la proximidad de Cervera. Ya casi está en casa. Antes de llegar a la estación, eltren se para súbitamente. Se apagan las luces y se enciende una tenue iluminación de emergencia.Pasan los minutos, no sabe cuántos, pues no lleva reloj y los indicadores del vagón han dejado de funcionar, pero son suficientes como para que la situación empiece a ser extraña. El revisor explica que la presencia de nieve en la vía ha dañado los cables de la catenaria y que como consecuencia el tren se ha quedado sin electricidad. Por el momento, no pueden seguir el camino ni tampoco salir de allí. Deben esperar la llegada de una dotación de bomberos para que los saque del tren.
El viaje será más largo de lo previsto y ya empezó prometiendo durar una eternidad. Ella se resigna a esperar. No aguanta las horas muertas y el viaje de hoy está repleto de ellas. Al sentarse, oye el ruido de papel arrugándose y se da cuenta de que había algo en el asiento: un sobre cerrado. Le llama la atención su color desgastado y un nombre escrito a mano en el lugar del destinatario: María García, seguido de una dirección de Terrassa. “Ya nadie envía cartas”, piensa con asombro. Mira a su alrededor. La mujer de la carta debe estar entre las personas nerviosas con las que comparte vagón. Debería preguntar en voz alta quién ha perdido allí una carta sin abrir, pero la timidez la vence. Y la curiosidad, para qué mentir. Mira el sobre una vez más y pasea su mirada entre la gente, como si esperara que la carta llame a su propietaria. ¿Quién será María?
Fija su mirada en todas las mujeres del vagón. Hay dos chicas jóvenes hablando en el compartimento de al lado. Unos asientos más adelante se acaba de sentar una mujer elegante de unos 50 años. Viste un traje chaqueta y acarrea un bolso-maletín de cuero negro. Tal vez ella sea María. Otra mujer está de pie enfrente de un asiento en el que llora un niño al que intenta consolar y que tira de su melena pelirroja como muestra de su enfado. Una anciana está sentada justo detrás suyo, viaja acompañada de un hombre joven, probablemente su hijo. Debería preguntar quién es María, pero las historias que empiezan a formarse en su cabeza tienen más fuerza que el sentido de la responsabilidad. No recuerda tomar la decisión, pero se encuentra abriendo el sobre medio a escondidas. Saca una hoja de papel rasgada de tinta de dentro y aunque sabe que lo que está haciendo está mal, empieza a leer. Con la certeza de quien sabe estar cometiendo un error, se excusa argumentando que puede que las palabras que está robando la conduzcan a su misteriosa destinataria.
Se sorprende al leer la fecha: 23 de junio de 1997
El resto de la carta es breve.
María,
Hoy que sé que todo acaba, hecho de menos incluso los reproches. Después de meses sin verte, por fin entendí por qué te fuiste, sé que solo huyendo podías salvarte de mi autodestrucción que siempre se lleva todo lo que encuentra a su paso. Sé que me quisiste, pero que permanecer a mi lado era condenarte. Hoy te escribo para despedirme para siempre y para pedirte un último favor: cuando sepas de mí no te sientas culpable. Cuando alguien te explique qué me pasó, recuerda que jamás pudiste hacer nada para ayudarme. Fuiste mi ancla durante muchos meses, pero al final volví a ser quién era. Que te cruzaras por mi vida estuvo a punto de salvarme, pero tu marcha no fue mi ruina. Yo soy así.
Espero que seas feliz,
Javier.
Ella suspira. Se siente devastadoramente culpable por haberse entremetido en algo tan íntimo. Las preguntas se amontonan en su cerebro: ¿Dónde estará Javier?, ¿Qué habrá sido de él?, ¿Por qué jamás se abrió esa carta?, pero sobretodo, ¿quién es María?
Por la fecha en que fue escrita la carta decide que no estaba dirigida ni a ninguna de las dos chicas ni a la anciana. Pasea su mirada entre la mujer del maletín y la mujer que por fin ha conseguido calmar al niño, que se está durmiendo en el regazo de su madre.
Su deducción le dice que María es la mujer del maletín. Por eso viaja sola. La otra mujer parece demasiado ocupada para llevar siempre consigo una carta por abrir escrita hace más de 13 años. Se siente tan culpable por haber robado algo tan personal, que busca su redención y solo le parece posible entregando el preciado tesoro a su dueña. Vuelve a mirar a la mujer elegante, que ahora está examinando su teléfono móvil con cara de preocupación. Se levanta sin pensar, con más ímpetu del que jamás ha tenido y se dirige a María. De camino se cruza con la mujer peliroja, que acaricia la cabeza de su niño dormido. La mira a los ojos y ve la mirada más triste con la que jamás se ha cruzado. En ese instante lo sabe.
